En septiembre de 2016, desde Trànsit Projectes y Plataforma/C decidimos reunir a algunos de los agentes, colectivos y organizaciones de referencia en España que estaban (y están) poniendo en práctica diferentes estrategias para activar procesos culturales en la esfera local. Proyectos en los que la ciudadanía toma la palabra para definir marcos de actuación, y así, proponer nuevas formas de abordar sus realidades sociales a través de las prácticas culturales. El recorrido, que comenzó entonces como un programa de formación abierto (y online), ha ido encontrando distintos formatos hasta aterrizar en las páginas un libro. Nos referimos a Queremos Sonreír / Activar la cultura local, nuestra más reciente apuesta editorial de la mano de Ned Ediciones, y con el trabajo visual y conceptual de Mucho estudio de diseño.

La publicación contempla, además, un pequeño despliegue expositivo para ampliar la experiencia de lectura del volumen, que puede verse hasta junio de 2020 en #plantauno. El texto que publicamos a continuación forma parte de esa muestra, y es una invitación a acercarse a Queremos Sonreír, su propuesta y su base conceptual. Una suerte de pequeña fantasía reivindicativa en la que nos preguntamos si sería posible una protesta, o incluso una revuelta, para defender el necesario derecho a la cultura. Fantasía que conecta directamente con los postulados de la publicación y que, además, se hace eco de las firmas que la componen y que sonríen y gritan junto a nosotras: Vivero de Iniciativas Ciudadanas; Colectivo Lento; Paisaje Transversal; Intermediæ; Pensart Cultura; Pedagogías Invisibles; Fundación CyberPractices; Organismo Internacional de Juventud; Cultumetría e Impact Hub Madrid.

Nosotra sabemos lo que queremos, y cuando lo queremos

(NOTAS PARA UNA PROTESTA IMAGINARIA POR EL DERECHO A LA CULTURA)

«Todas las razones para hacer una revolución están ahí. No falta ninguna. El naufragio de la política, la arrogancia de los poderosos, el reinado de lo falso, la vulgaridad de los medios, los cataclismos de la industria, la miseria galopante, la explotación desnuda, el apocalipsis ecológico […] Todas las razones están reunidas, pero no son las razones las que hacen la revolución; son los cuerpos. Y los cuerpos están delante de las pantallas…»

Así comienza Ahora, uno de los textos más recientes del para algunos reaccionario, para otros revelador, grupo de activistas y pensadores conocido como El Comité invisible. «Una tendencia de la subversión presente» enuncian ellos para autodefinirse. ¿Qué hace un grupo de gestoras y gestores culturales apropiándose de las consignas de una comuna de subversión discursiva y filosofía radical como el Comité invisible?, se preguntará el espectador de estos impresos. Imaginar, quizá, podríamos decir como única respuesta. Aunque también ensayar mundos posibles, maneras de interrogar lo que hacemos para «probar, fracasar, probar de nuevo y fracasar mejor».

Porque si acaso nos atrevemos a aceptar como cierto ese retrato robot de la realidad más reciente que por todas partes se nos impone (incertidumbre y polarización, simplificación de las complejidades; abaratamiento de las certezas, normalización de los fascismos; reformas laborales y mermas de derechos; enjuiciamientos, falsedad y disputa), algo habrá que gritar para sentir la existencia de ese cuerpo tan necesitado de enunciar(se). Todas las razones están ahí, dicen los citados activistas, es precisamente en el centro de esas razones, que a nosotras nos da por preguntarnos sobre los orígenes de nuestro fracaso y entonces, imaginar también el lugar que ocupa nuestra actividad en ese presente tan agitado. 

¿Hace cuánto que la cultura dejó de ser también un reclamo ciudadano? ¿En qué momento se borró de nuestras luchas políticas? ¿Cuándo se diluyó de las promesas y programas electorales? ¿Quién aboga, o grita, o reclama, o se juega el cuerpo por los supuestos que define y defiende la cultura?

Si la idea parece ingenua, hemos triunfado: es allí en donde buscamos situarnos. Una de las mayores críticas que se lanzan al mencionado colectivo (invisible) y sus epígonos, es justamente su carácter naïf, sus inocentes acercamientos a las luchas que el presente convoca. Desde allí imaginamos: ¿qué pasaría si nuestra protesta reivindicara simplemente el gesto mínimo de empatía entre la comunidad?; ¿qué reclamo representaría mejor nuestros anhelos si hasta la protesta es ya, en cierta medida, una actividad que el mercado y el poder se han apropiado en la figura de un supervillano de historieta?

Nos queda, hemos pensado nosotras, un slogan heredado de la globalización más extrema. Porque hay que saber a qué atenerse y atenidas estamos. A nuestras propias limitaciones, pero también a nuestros propios anhelos, podríamos decir siguiendo de nuevo a esos radicales franceses: «hay que saber a qué atenerse, y atenerse a ello. Aun a costa de hacer enemigos. Aun a costa de hacer amigos. Pues desde el momento en que sabemos lo que queremos, ya no estamos solos, el mundo se repuebla. Por todos lados, aliados, proximidades y una gradación infinita de amistades posibles.» Nosotras sabemos lo que queremos, y cuando lo queremos. ¡Queremos Sonreír!, y lo queremos ¡Ya!, dice nuestra protesta imaginaria.