Políticas culturales después de la Covid-19: algunas aportaciones al debate
Por Angel Mestres(@mestresbcn) & Jordi Baltà Portolés (@jordibalta) | La crisis de la Covid-19 ha extremado algunas de las contradicciones que ya afectaban antes al sector cultural y su papel en la sociedad. En muchos países hemos presenciado discursos y debates públicos que reafirman la importancia de la cultura como elemento de identidad, cohesión y bienestar. Mientras la crisis obligaba a los equipamientos culturales a cerrar, impedía la continuidad de actividades presenciales, conducía a medidas para la reapertura muy difíciles de cumplir, y rompía el equilibrio de sostenibilidad económica de muchos proyectos culturales, ya precarios y precarizados antes. La Covid-19 ha hecho más patente la fragilidad del ecosistema cultural, al menos en sus aspectos institucionales y de organización, equilibrio y financiación económicos Ocho meses después del primer impacto, nos encontramos todavía en un “mientras tanto” que se dilata sin fecha de caducidad predecible, en una transición llena de dudas pero que también obliga a reflexionar sobre el futuro del sector y su relación con el conjunto de la sociedad.
En este marco, es bueno destacar las reflexiones formuladas en los últimos meses por muchos agentes, desde distintas perspectivas y lugares, que buscan aportar luz sobre la organización futura del sector cultural y las políticas que a él se refieren. Son numerosas las encuestas, análisis y medidas de urgencia: desde el análisis de la encuesta a organizaciones y agentes culturales en España lanzada por el equipo Econcult de la Universidad de Valencia, hasta un estudio similar llevado a cabo en México por la Cátedra Inés Amor de la UNAM; pasando por los análisis de medidas adoptadas por gobiernos locales en distintas partes del mundo hecho por la Comisión de Cultura de CGLU, los últimos informes de UNESCO y del Banco Interamericano de Desarrollo, o el extenso repertorio de referencias que ha recogido la red On The Move, para mencionar algunas.
La reivindicación de mayor inversión en cultura y de medidas que traduzcan la bondad del discurso en recursos y empleo, de forma efectiva, es común, como reflejaba por ejemplo un interesante artículo de Pau Rausell Köster @PauRausell, Roberto Gómez de la Iglesia @RobertoGomezIgl y Juan Pastor Bustamante @JuanPastorBus. En nuestra opinión se trata, de hecho, de una necesidad compartida, que transciende al sector cultural, y que tiene que ver con la búsqueda de modelos de sociedad distintos, que den centralidad al desarrollo humano y sostenible, la salud y el bienestar, la educación, la cultura, la cohesión social, y el respeto y el equilibrio con el territorio y los recursos naturales. En los próximos párrafos desearíamos añadir ideas para fortalecer este debate:
Una reconstrucción sostenible de la vida cultural debería conllevar cambios tanto en lo cuantitativo como en lo cualitativo del gasto o la inversión pública en cultura. Ello implica, entre otros, abordar las condiciones laborales de precariedad que afectan a una parte significativa del sector (y de otros ámbitos de la economía). Repensar la “sociedad del rendimiento” que describía Byung-Chul Han, donde la autoexplotación conduce al cansancio y a la frustración, conlleva también revisar la explotación del “entusiasmo” que Remedios Zafra diagnosticó como un rasgo propio de los profesionales de los sectores culturales y creativos. Si bien la mirada de los dos autores tiene muchos puntos en común al analizar los temas de precariedad, nos gustaría destacar dos elementos también relacionados: Remedios Zafra nos habla de la gestión de las expectativas que hacen que los trabajadores la cultura se esfuercen a pesar de la precariedad, pues el propio sector es un “vendedor” de expectativas… a lo que Byung-Chul Han añade: cuando uno se da cuenta de que no lo consigue, la culpa no es del sistema, pues estamos en una sociedad que nos dirige hacia el “todo es posible” como un buen manual de autoayuda que glorifica el éxito, y nos acusa solo a nosotros en caso de no conseguirlo. Dignificar las condiciones de trabajo debería ser prioridad en las políticas públicas, incluidos los pliegos de condiciones de contratación y compra pública.
Se hace necesario también encontrar un equilibrio adecuado entre la inversión en estructuras, procesos y actividades. El ejemplo del programa Innova Cultural de la Fundación Caja Navarra y la Obra Social “la Caixa”, que a partir de una encuesta al sector cultural en Navarra ha apostado por incrementar el apoyo a costes estructurales y a formación del personal, podría ser una buena orientación para instituciones públicas y privadas el futuro.
En otro orden de cosas, Xavi Urbano lamentaba en una entrevista que en los últimos meses se hubiera priorizado la cultura como consumo, con un acento en el producto final, en detrimento de los procesos de fondo y la complejidad de lo cultural. En este sentido, y a la luz de lo visto en los últimos meses, es importante remarcar que la recuperación de la vida cultural deberá traducirse tanto en eventos puntuales, como los festivales, como en los espacios y equipamientos que favorecen la actividad cultural de forma permanente y para públicos diversos: bibliotecas, centros culturales, espacios de experimentación, ensayo y trabajo, escuelas de arte, de música o de artes escénicas, etc.
Es necesario asegurar que los recursos disponibles permiten tanto la supervivencia de las organizaciones como su capacidad de ofrecer procesos y actividad. En el caso de los equipamientos de producción y difusión artística, como explica el manual de desarrollo de audiencias elaborado por Teknecultura y acabado de publicar por la Diputación de Barcelona, es necesario establecer más relaciones con los públicos, y que estas sean más intensas, provechosas para ambos lados, y relevantes para la ciudadanía.
Un mayor papel de la cultura en la sociedad, y su vinculación a procesos de educación, aprendizaje, cohesión y bienestar, pasa igualmente por encontrar otro equilibrio: aquel que combina los intereses de los agentes culturales y los del conjunto de la ciudadanía. La construcción de sociedades más dignas implica, entre otras cosas, situar de forma real los derechos culturales de la población en el centro de las estrategias públicas y, con ello, ampliar el radio de quienes participan y son reconocidos en la vida cultural. Revisar las oportunidades reales de acceso y participación activa en la vida cultural, abordando las desigualdades socioeconómicas, de género y de origen (en la línea de lo expuesto por Nicolás Barbieri), y generando modelos más horizontales e innovadores de gobernanza y gestión, se convierte en clave. Existen ya numerosas iniciativas relevantes en este sentido, y este aspecto debería ganar centralidad en las futuras estrategias públicas.
La complejidad y diversidad de la realidad cultural y sus expresiones requiere modelos de apoyo sofisticados, que reconozcan la naturaleza de lo cultural como ecosistema. De esta forma, y como recordaba un análisis reciente de las políticas sobre la “economía naranja” en Colombia, es imprescindible definir modalidades de apoyo diferentes a iniciativas culturales que vehiculan realidades y potenciales económicos también distintos: aquellos que se definen desde lo comercial, lo cooperativo o lo asociativo, entre otros. Comprender esta diversidad e innovar en las formas de apoyo para darle respuesta es una exigencia tanto para los responsables de políticas culturales, como para otros agentes públicos y privados que inciden en el ecosistema cultural, en ámbitos como la política fiscal, la creación de empleo, el acceso al crédito, o el desarrollo de empresas. También es responsabilidad de los agentes de la cultura organizarse para identificar necesidades compartidas y canalizar sus peticiones.
Tanto la naturaleza de cambio que define el momento actual, como la convicción de que muchos procesos culturales comparten valores con iniciativas de ámbitos como la educación, la cohesión social, la salud o el medio ambiente, generan un terreno en el que se pueden explorar nuevas alianzas y subrayar el valor que la cultura aporta a la innovación social, la educación creativa, el empoderamiento de las personas o la generación de empleo entre los jóvenes, entre otros. En momentos como este, es importante poder identificar iniciativas emergentes que conectan lo cultural con otros sectores, como sugiere la plataforma Bajo Radar de ITD / Trànsit Projectes, y articular discursos que permitan captar para la cultura y la creatividad fondos europeos destinados a distintos ámbitos de la acción pública, como han sugerido Tony Ramos Murphy y Pau Rausell. Del mismo modo, y más allá de la necesidad de contar con paquetes de apoyo específicos para la recuperación de la cultura, será conveniente identificar oportunidades para los agentes culturales en las estrategias genéricas de recuperación a nivel local, autonómico y estatal, en ámbitos como el apoyo a las empresas, el refuerzo del bienestar y la educación, etc.
La reflexión crítica propia del momento actual debería sentar las bases para procesos continuados de análisis y reflexión. En efecto, aunque contamos con muchos estudios que reafirman la relevancia de la cultura en el desarrollo territorial y sus distintos componentes, faltan más mecanismos permanentes y sistemáticos de observación y análisis, que permitan ofrecer datos y argumentos de forma regular, identificar mejor fortalezas y debilidades, reforzar la sostenibilidad de las políticas y medidas, y aportar elementos para una toma de decisiones informada en el conjunto de agentes del sector.
Contar con datos de este tipo podría ayudar a proseguir y fortalecer debates sin duda necesarios, tanto entre los agentes más habituales de la reflexión sobre políticas culturales como con el resto de los sectores culturales y otros ámbitos que compartan sensibilidades o quieran aportar sus puntos de vista. Sin duda, en estos tiempos de transición a una normalidad escurridiza, la reflexión debe continuar.